En el noreste, México aparece como un país grande, enigmático, tan variado como terrible; en-ajenado, espléndido y feo, atrapado en una espiral que
no tiene fin… tan servil y tan duro, tan engañoso y porfiado. Miles son los que se han quedado a sobrevivir en Tijuana; lo hacen como pueden, con desesperación.
Pasear por
Como muchas sombras que transitan por Tijuana, son objetos divorciados de su vínculo simbólico. A partir de esos gadgets inútiles y feos, resulta imposible elaborar el registro de creencias del vendedor: seguramente su esperanza no está más allá de lo que podrá llevarse a la boca.
Donde empieza -o donde termina-
Por el minúsculo espacio que me tocó ver, diría que Tijuana está allí para ofrecer lo peor quizá a norteamericanos extraviados en busca de drogas y de pasar una temporada en el infierno que los reviva del estado fantasmático en que permanece todo aquel que no la ha hecho; que no ha triunfado en un país que ahora se encamina a gran velocidad a convertirse en el prototipo de la derrota, del que no se oye sino gritos histerizados de un conservadurismo encerrado en ilusiones caducas, que repite que Obama es un presidente socialista que se ha apoderado de las empresas y cometido el crimen de imponer los salarios a los buenos capitalistas (salarios que seguramente ellos nunca tendrán en toda su vida). ¡Claro! dicen esto desde su racismo, de un presidente negro al que no perdonan su popularidad, firmeza y esfuerzo de renovación.
No quieren darse cuenta de que él representa la última posibilidad de rescatar algo de lo mucho que destruyeron sus presidentes de la confrontación y de la manipulación.

Recientemente se han dado a la tarea de alimentar su racismo e intolerancia a través de la figura desesperada de Malik Hasan, el Ayax de nuestros tiempos ha matado a doce soldados y sólo es en este momento cuando se plantean la urgente necesidad de ocuparse de los traumas de guerra: cómo no van a sentirse estresados, perdidos, defraudados cuando el ejército anda tras la huella de un enemigo inventado, cuando incluso el enemigo es un simulacro. Disparan a lo tonto, contra fantasmas sin rostro; disparan por angustia contra la nada, mientras ellos sí son objeto de atentados cada uno más mortífero. Partieron con trompetas y cámaras; pensaron que podían aplastar a insectos de una manera fácil; diseñaron la guerra en función de criterios electorales, de una victoria política y no sólo quedaron atrapados, hicieron el ridículo global, sino que dejaron en la ruina moral y económica a su país.
Lo más inquietante es que esa parte norte de México, y en general todo el país, sigue a un espectro en bancarrota, perdido. Lo terrible es que somos el patio trasero de un gigante que se ha derrumbado y todavía no damos crédito de que eso pueda pasar.

Si allá lo niegan, aquí, nuestros ineptos gobernantes no lo pueden concebir: se quedan sin su proyecto que equivale a esperar cínicamente a que se recuperen nuestros primos. Seguiremos esperando a que el gigante se recupere para que nuestra severa crisis termine.
Las largas colas para cruzar a EU son impresionantes. A pie, o en auto, las filas no terminan por la mañana del sábado. Por la noche, las columnas se forman en sentido contrario. Parece que la gente huye de esta zona; lo hacen de prisa, ritualmente, semanalmente. Quieren ir a comprar al otro lado, quieren ir a comer al otro lado, van a trabajar al otro lado. Se quedan del lado mexicano quienes no pueden cruzar: es decir, los mexicanos que no pueden demostrar un trabajo estable, cada vez un mayor número, los que no tienen recursos demostrables. Las diferencias sociales empiezan a jugar de manera insospechada: Por un lado está la clase que puede cruzar a EU generalmente para ocupar los trabajos más humildes. Por el otro, los humildes que no pueden conseguir esos empleos serviles y resienten el horror que eso significa: estar a la merced de la arrogante clase pudiente mexicana, sean políticos o empresarios.
Impresiona el tamaño de México, el infinito del desierto de Sonora. Me gusta el nombre mismo de Sonora, tan sonoro. Me llama la atención el rostro límpido, claro, brillante de los sonorenses. Me fascina la rectitud de la carretera, la rectitud de las calles que no conocen las curvas. Me fascina la derechura de la gente, altos, rectos, sin nuestras jorobas del “centro”. Me gusta tanto el tinte de su tez como la cortesía de la gente tan diferente de nosotros, observadores de lo que sucede en el remoto interior del país que define el discurso identitario sin tomarlos en cuenta, sin pasar por su diversidad tan marcada.
Recogí dos historias de gente con la que coincidí por unos minutos: la primera de Raúl, el taxista que nos llevó a la línea, como llaman aquí a la frontera, lo cual me molesta porque es una traducción de borderline, y como puede apreciarse es producto de la pereza o de
Del otro lado, cada vez con mayor facilidad se ve a fantasmas que transitan sin dirección. Gente que lleva todas sus pertenencias en numerosas bolsas que cargan como pueden. Gente que se pasea en sillas de rueda, pero cuya invalidez es de otra naturaleza. Gente desgajada del entramado social. Se dirigen con paso lento y difícil a ningún sitio. Al sentarme a descansar, de pronto se concentraban en un sitio que no podía determinar, oculto y cercano. Sacaban comida de bolsas de papel arrugadas. Molestaban a todos los que pasaban.
Un detalle curioso es que en San Luis Río Colorado sienten que viven en un rincón alejado del mundo. Se sienten aislados. Me llama mucho la atención esa queja porque en este momento ya nadie está aislado o alejado. En su lugar, pienso, que aprovecharía mi condición de sonorense (dicen que son ocho horas a la capital, Hermosillo, sin que haya ni una sola curva, ni una sola nada), de estar en la frontera con Baja California y en la frontera con EU. Tres fronteras. Tres posibilidades de estrechar relaciones; tres oportunidades lúdicas para brincar. Los sanluisenses se sienten como si fueran un suburbio de Mexicali, que a la vez es como una ciudad menor frente a Tijuana, que a su vez se siente una cenicienta de San Diego. Es una constante esta manera subalterna de definirse, esta pasión por ser algo menos que un otro más grande, más rico, más importante, más en circulación. Esa manera de volverse periferia en un manifiesto centrifuguismo a ultranza.
Me hubiera gustado llevarme un puñado de arena del desierto que invade las calles de San Luis… esa arena que viaja libre y llega curiosa a lamer las calles de una ciudad nueva y desconocida, dotada de un cielo de un azul intenso, precioso. Sin una nube el primer día, con un cielo nublado, el segundo. Los dos días que estuve en Mexicali también vi cielos espléndidos. Quién pudiera tener el más grande de los grandes angulares para poder captarlos. Cielos con nubes rasgadas; con nubes teñidas. Una escenografía majestuosa en la que se adivinan historias dramáticas.
Recostada en innumerables colinas, sobrepoblada por gente “en tránsito”, Tijuana luce tan rica como miserable; tan abrumada como la ciudad de México, es un espejo más que refleja los agudos contrastes de México.
Para muchos Tijuana es una piedra en el camino. Pero a diferencia de José Alfredo, ellos no hacen lo que quieren: están allí expulsados por la miseria de su lugar de origen y porque no pudieron seguir adelante; están allí mientras logran pasar el escollo. Paralelamente, México también es una ciudad de paso. Muchos de sus barrios se ha convertido en circuito obligado para quienes van o regresan de su trabajo. Diariamente recorren grandes distancias de una ciudad que rara vez pueden disfrutar. Hay que llegar a descansar, hay que llegar al trabajo. Son zombis que circulan por lugares ajenos, caros, desconocidos. En Tijuana se han quedado para siempre. Difícilmente podrán cruzar; no se deciden a emprender el regreso que significaría abandonar toda esperanza, asumir







